Han hecho falta tres meses (y decenas de hombres acusados por el camino) para que aparezca una voz discordante dentro del feminismo con el #MeToo. La crítica ha venido de Francia, uno de los países donde más se han movilizado las mujeres para desenmascarar conductas de hombres poderosos, y sus emisoras han sido una centena de intelectuales y artistas de las que algunas (no todas, como se ha dicho en muchos medios) se identifican a sí mismas como feministas y que encarnan un corpus identitario multiforme pero con el liberalismo como denominador vertebrador más o menos común.
En su manifiesto “contra el puritanismo sexual” rechazan las violaciones, pero al tiempo critican el #MeToo por haber iniciado, según afirman, una “caza de brujas” donde los hombres ya no tienen ni la posibilidad de defenderse. Además, el movimiento hollywoodiense contra el acoso promulgaría con sus gestos un feminismo que reduce a las mujeres a un papel de víctimas sin capacidad de agencia.

